El día del transporte

Partimos de la Jaula del Zapallo a las 6.30, el colectivo partió puntualmente, magia del transporte que desde el litoral te lleva al mar en un girar continuo sobre sus no sé cuantas ruedas.

Mágicamente el rápido Tata ingresó a la provincia de Córdoba, con La Chica que Clona Cebollas nos percatamos del recorrido cuando llegamos a la localidad de San Guillermo, de ahora en más tierra del DJ Secco. ¿Por qué un colectivo que se dirige a Buenos Aires, ingresa a la provincia de Córdoba cuando parte de la localidad santafesina de Ceres? Esta sería una de las preguntas que el Día del Transporte dejará sin responder.

A esta altura del relato creo que es conveniente aclarar que hace sólo dos días terminé de leer El Hombre Duplicado, fantástica obra de José Saramago, y aún me encuentro bajo la influencia de su estilo literario… benditas sean las horas libres de lectura.

Luego de la localidad de Brikman, el expreso Tata volvió hacia la provincia de Santa Fe y cual abejita que se posa sobre cada bella flor, el expreso ingresó en cada localidad que se tendió a su paso sobre la ruta n°34.

Pasando la localidad de Rosario, y bajo la sombra nocturna e innecesaria de un peaje, el colectivo detuvo su marcha. El parate no fue para buscar una calurosa cena que nunca fue dada, sino que el colectivo se detuvo y luego de sendos intentos de ponerlo en marcha nuevamente, el chofer dijo con desdén: “no arranca”. Siempre quise usar la palabra desdén y creo que esta es la primera oportunidad que se me presenta; nunca quise quedarme varada en el medio de la ruta en un colectivo, sin embargo mi vida golondrina me puso frente a esa treta reiteradas veces.

Lo que los asiduos usuarios del transporte de larga distancia de pasajeros sabemos es que detenido el motor se detiene el aire acondicionado. En acto seguido la temperatura aumenta en el bien llamado bondi, y consecuentemente, el aire disminuye, bingo!! Nos cagamos todos de calor.

Los choferes pensaron que lo mejor era no dejar salir a los pasajeros del micro, fantástica idea a la que todos nos opusimos, ellos trataron de impedirlo con todas sus fuerzas, pero yo dije las palabras mágicas: “hay una abuela descompuesta”. En realidad a la vieja que estaba detrás mío se le había dormido una pierna, pero valió la pena agrandar un poco la historia para poder salir del micro, luego buscar al chofer y preguntarle cuánto tiempo íbamos a tener que esperar, escuchar que me diga que no tenía ni idea, contestarle que me parecía poco serio lo que me estaba diciendo y que yo tenía que llegar a destino y quería saber cuándo iba a ocurrir eso, que me responda que no sabía y no podía dar ninguna respuesta. Si hay algo que me enseñó el Día del Transporte es que a las bien subsidiadas empresas de transporte nunca se les ocurrió que diciéndole a sus usuarios vengan pasen por acá para que esperen cómodos y en x minutos/horas vamos a restablecer el servicio, mientras tanto sírvanse café y coman estos ricos caramelos, podían hacer que las cosas fluyan de manera más tranquila, sin ser odiados por cuanta persona fue a la boletería en busca de un por favor para tal lugar de tal hora. Al contrario ello prefieren la catástrofe, sus choferes y empleados buscan con toda la fuerza ser insultados diciendo no sabemos qué va a pasar, no nos comunicamos con la empresa, ya pasará algún colectivo, quédese ahí que no sabemos cuánto va a demorar.

Un colectivo paró. La Chica que Clona Cebollas corrió hacia su puerta de apertura mecánica y dijo que éramos dos, yo me metí en la bodega del ex colectivo roto y mediante un saldo de bunjuing yumping el gigantesco bolso en el que llevábamos las cosas necesarias para una casa de dos personas volvió a la ruta. Así dos mujeres corrieron con dos mochilas, dos bolsos, una valija y una torta hacia un mágico coche cama que, con un dispenser lleno de agua tibia, las llevó hacia la Capital Federal.

Retiro un amor como siempre, el obelisco en donde debe estar, ay pero que divino que es Palermo… pero nuestro objetivo era otro, íbamos al Uruguay y un barco nos llevaría de destino. Tomamos un subte que nos acercaría al colectivo, que nos llevaría hasta el puerto para tomar un barco, para llegar al Uruguay, pero antes algo iba a pasar, algo que voy a describir en la oración siguiente.

En el subte las puertas se cierran y no hay ningún sensor que identifique que algo quedó atrapado entre ellas antes de la puesta en marcha del metro. La Chica que Clona Cebollas, Beaver y yo estábamos sentadas y atentas de proteger nuestro equipaje, pero un niño quedó atrapado entre las puertas del metro cuando este se puso en marcha. Analfabetos del código de seguridad, todos los usuarios comenzamos a golpear las puertas y ventanas esperando que el subterráneo tren se detenga, inútil estrategia que fue superada cuando un inteligente pasajero hizo sonar la alarma del tren y con eso consiguió detenerlo. Pasamos 7 gotas de transpiración sin movernos, diciendo que nadie quería ver que había pasado, hasta que alguien dijo que el nene estaba bien, que no se había hecho nada. De ahora en más sépanlo, y hagan sonar las alarmas en caso de incidente.

Pasando el trámite en migraciones y luego de una breve espera subimos alColonia Express (NUNCA EN SU PUTA VIDA SE LES OCURRA VIAJAR CON ESA EMPRESA DEL DEMONIO- los sabrán en El día del Transporte II). Por breves momentos me sentí desilusionada porque yo esperaba caminar por la proa y por la borda y sacar bellas fotos al atardecer en el Río de la Plata. En cambio era un pequeño ferry con ventanas que no se podían abrir y filas de asientos cual clase turista de avión. Los pasajeros nos sentamos, el bote arranca y por el altavoces se escucha a una dulce azafata que dice que el viaje durará una hora y media más por las condiciones climáticas. Acto seguido un azafato nos reparte una bolsita de nylon por pasajero, es simple, una bolsita- un pasajero. La situación podría resultar graciosa, pero en pocos minutos la falta de aire, los primeros pasajeros descompuestos y los desagradables ruidos de esa situación gástrica general desarrollaron un efecto en cadena que concluyó en que un 90% de la tripulación haga uso de una o más bolsitas de nylon. No quiero rozar el mal gusto, pero si en algún momento tengo la oportunidad puedo contar esta historia en forma personal añadiendo detalles más divertidos aún.

Cuando vimos las luces de la ciudad de Colonia todos fuimos felices, a la azafata la espera una ambulancia y a nosotras tres días de relejada aventura y sobre exposición solar. Esta historia no termina aquí, pero por hoy es suficiente, los tres días redundaron en 4 kilos de más, y mi sentido común me dice que caminando en el parque puedo reducirlos a dos.

Saludos cordiales y nos vemos en el Día del Transporte II.

Publicado por Contentos Contenidos el 6 DE ENERO DE 2011

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